Educación cristiana y punto.

Por Ricardo García.

La educación es pieza fundamental dentro de cualquier sociedad y pretende formar a las personas en los valores de una cultura, sin embargo, es preciso reconocer las presuposiciones básicas de esta.

La palabra educación proviene de la palabra en latín educere que quiere decir “guiar”, “conducir”, lo que nos lleva a hacernos las siguientes preguntas ¿quién va a guiar? y ¿hacia dónde?

Para poder contestar estas preguntas debemos entender que la educación está ligada al concepto de soberanía, es decir, en quien reside la autoridad última que decide que se debe enseñar. Esto es importante porque al fin del día la educación guiará al estudiante a la meta establecida por aquel soberano.

Este precisamente es el punto de partida, ¿Quién es soberano, Dios o el hombre?

Como cristianos entendemos que Dios es la fuente de toda autoridad y el soberano de toda la creación (Salmo 24:1) por lo tanto, Él tiene dominio sobre toda área, incluyendo la educación.

La neutralidad ideológica es un mito, no existe un punto medio en cuanto a la educación ni a ninguna otra área de la vida, nuestra fidelidad debe ser solo a Cristo. La educación es central dentro de la sociedad cristiana, porque instruye en valores, en ética y moralidad, ninguna sociedad puede subsistir por mucho si no tiene estos elementos cimentados en la Palabra-Ley de Dios.

Dentro del orden bíblico, Dios como el soberano ha delegado a la familia la instrucción de los hijos:

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas”. Deuteronomio 6:4–9.

El pasaje nos enseña que la educación es delegada a los padres directamente, pero también que la característica de la educación no es solo “académica” sino “cosmovisional”. Esto significa que la educación no está limitada a las aulas o a cierto horario durante la semana, sino que abarca la totalidad de la vida. Cada aspecto, situación y recurso es puesto frente a nosotros para ser usado como herramienta didáctica. La educación no es solo acumulación de conocimiento, sino es sabiduría que debe ser aplicable.

La educación humanista, aunque podría pensarse que instruye en las mismas asignaturas, el fundamento es radicalmente distinto porque pretende instruir partiendo de la idea de que el mundo puede ser entendido e interpretado aparte de Dios, es por eso por lo que no existe un terreno común entre la educación cristiana y la humanista.

La educación cristiana capacita al estudiante a pensar los pensamientos de Dios después de Él, le transmite la cultura de Dios dándole las herramientas para interpretar correctamente la realidad de acuerdo con la Palabra de Dios, equipa al estudiante para una vida de servicio con lo necesario para que pueda cumplir exitosamente su llamado bajo Dios.

Si lo anterior es cierto (y La escritura lo afirma con claridad), entonces la pregunta que queda delante de nosotros no es meramente pedagógica ni pragmática, sino profundamente pactual. No se trata simplemente de elegir entre distintos métodos de enseñanza, sino de decidir bajo qué señorío serán formados nuestros hijos.

Dios no entregó a los padres la responsabilidad de sus hijos como una sugerencia opcional, sino como un mandato pactual. En Deuteronomio 6 vemos que la instrucción de los hijos debía saturar toda la vida del hogar.

En este punto es necesario hablar con honestidad, muchas familias cristianas aman sinceramente al Señor, pero han optado por una educación “neutral” sin examinar los presupuestos del sistema que forma a sus hijos. Se piensa ingenuamente que basta con añadir devocionales en casa, asistir a la iglesia el domingo o hablar ocasionalmente de Dios, mientras la mayor parte de la formación diaria ocurre bajo una cosmovisión distinta y no solo eso… hostil a Dios y su Palabra. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que el corazón del niño es moldeado por aquello que lo instruye continuamente.

Aquí debemos recordar un principio sencillo pero profundo: Educación es discipulado. Educar es formar lealtades, afectos y formas de interpretar la realidad. Si Cristo es Señor de todo, entonces su señorío también debe gobernar la formación intelectual, moral y cultural de nuestros hijos. No hay una esfera neutral donde Dios pueda ser dejado a un lado sin consecuencias.

Por esta razón, la educación cristiana no es simplemente una “alternativa” entre muchas opciones disponibles. Es, más bien, la expresión manifiesta de la obediencia de los padres al llamado de Dios sobre sus vidas.

Educar cristianamente es preparar a los hijos para la vida bajo Dios: enseñarles a gobernarse a sí mismos, a discernir el bien y el mal, a comprender la realidad como creación de Dios y a ejercer fielmente su llamado bajo Dios. Es formar hombres y mujeres que no solo conozcan la verdad, sino que puedan aplicarla en cada esfera de la vida.

Por eso, el llamado para nosotros como padres es claro y también lleno de esperanza. Dios no nos deja solos en esta tarea. Él nos da su Palabra, su Espíritu y una comunidad de fe para caminar juntos en esta gran empresa.

La educación cristiana, entonces, es un acto de fidelidad. Cuando los padres asumen este llamado con fidelidad, están participando en algo mucho más grande que la formación de un estudiante o futuro profesionista, están contribuyendo a la preservación y reconstrucción de una cultura que reconoce a Cristo como Señor.

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