El Juego: Una cosmovisión lista para ser enseñada.

Hace unas semanas compartí en el tiempo de Capilla del Learning Center un tema que me ha parecido interesante desde hace tiempo: el juego.

Si partimos de la premisa de que todo pertenece a Dios (Sal. 24:1), concluimos que no existe área neutral en la vida del hombre. El apóstol Pablo lo dice: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31). Si hasta el comer y el beber, que nadie considera actividades “santas”, quedan bajo ese dominio, entonces no hay territorio supuestamente neutral en el que Dios no tenga injerencia o simplemente no le tome importancia. Todo es de Él y para Él, así que el juego debe practicarse en sus términos.

Durante un partido de basquetbol entre dos equipos de jovencitas de 17 años, entrado el cuarto cuarto, como era de esperarse, los ánimos se elevaron y el juego se volvió más agresivo (en el buen sentido). Entonces escuché a una madre gritarle al equipo donde jugaba su hija: “Ustedes cuídense, dejen que ellas se lastimen”. El partido estaba reñido y las muchachas jugaban con mucha intensidad.

Ese grito me obligó a pensar en algo que no debemos pasar por alto: a Dios le interesa cómo jugamos, sea un deporte o un juego de mesa. El comentario fue desafortunado y triste, pero muestra una realidad que no podemos negar, nuestra fe siempre saldrá a flote en nuestra forma de hablar, de actuar y, sí, también en nuestra forma de jugar.

Aquella madre con un simple comentario confesó su teología; Su grito reveló, sin que ella lo notara, una doctrina completa: el prójimo es un obstáculo, ganar justifica el daño y la regla suprema del juego es el resultado. Nadie le enseñó eso en un estudio teológico, posiblemente lo aprendió jugando, mirando jugar, aplaudiendo a quien “hace lo que sea necesario para ganar”.

Ahí está el punto, el juego en cierta manera discipula. siempre lo hace. La única decisión que nos corresponde es si lo hará bajo una cosmovisión bíblica o no.

Todo juego es un orden legal en miniatura.

Un juego no es un vacío moral con reglas añadidas. Es un pequeño orden social: tiene legislador, estatutos, juez, sanciones y una definición de lo que cuenta como victoria legítima. Y todo orden social responde la pregunta que ninguna teoría social puede esquivar: ¿qué es justo, y quién lo dice?

Ese es el argumento teonómico que sostenemos con insistencia: no existe tal cosa como una sociedad sin ley, ni una ley sin fe. Todo orden legal es la moral de alguien convertida en norma y respaldada por sanciones. La diferencia entre las sociedades, y entre los juegos, no está entre los que tienen ley y los que no la tienen. Está entre los que reconocen de dónde viene la suya y los que viven con capital prestado sin admitirlo.

Mira lo que el juego más ordinario da por sentado:

Una norma por encima de los jugadores. Existe un reglamento que no inventaron los jugadores y que obliga por igual al mejor y al peor. El juego enseña, que hay una norma externa a mi voluntad y que mi talento no me exime de ella, y que estoy obligado a sujetármele. Esto es una lección muy valiosa sobre la ley de Dios.

La autoridad. El árbitro puede equivocarse, y aun así se le debe obedecer porque no es Dios sin embargo, su trabajo esta bajo una norma externa a él, el hecho que el juez pueda equivocarse nos enseña que no podemos esperar justicia perfecta de los jueces, pero si descansar en nuestro Juez justo. El niño que aprende a aceptar un fallo adverso sin insultar ni manipular está aprendiendo Romanos 13 que nos dice que los magistrados están allí para nuestro bien y para castigar al que hace lo malo.

Justicia. “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande” (Lv. 19:15). Aunque como mencioné, no podemos esperar justicia perfecta de hombres falibles, si podemos descansar en las normas que han sido impuestas las cuales están allí para dar orden y sentido.

Sanción proporcional al delito. La ley bíblica ordena que la pena corresponda a la falta (Dt. 25:2). Por ejemplo, una falta técnica no se castiga como la agresión, y por eso un juego donde todo se castiga igual, o nada se castiga, no es divertido, curiosamente un juego sin reglas pierde todo sentido. Las sanciones dan propósito.

El prójimo. El rival no es un enemigo ni una cosa. Es un portador de la imagen de Dios que, por una hora, se ha comprometido a medirse contigo. Jugar con intensidad no contradice amarlo. Lo honra, porque tomarlo en serio como adversario es una forma de respeto. Lastimarlo a propósito, en cambio, es una forma de desprecio.

Victoria legítima. Pablo lo resume con una imagen deportiva: el atleta ”no es coronado si no lucha legítimamente” (2 Ti. 2:5). Ganar fuera de la ley no es ganar.

El juego visto humanísticamente vive de capital prestado: exige justicia, honestidad e imparcialidad, y no puede explicar por qué las exige.

 Nuestra cultura premia el trofeo y el resultado, por cuantos puntos o goles ganaste, sin embargo, desde una perspectiva bíblica, el resultado nunca descansa sobre nuestros hombros sino en los de Dios, me refiero a que sí, los puntos cuentan, pero lo verdaderamente importante dentro de un juego, no son los goles sino la fidelidad a la ley de Dios con la que se juega, la ética dentro de la cancha o del tablero del juego de mesa. Es por eso por lo que Pablo en 2 de Timoteo 2:5 liga el triunfo con la legitimidad. Alguien que gana con trampa realmente no ha ganado nada, sino que ha perdido, pero aquel que gana o pierde pero legítimamente ha sabido jugar. Este mismo principio es valido en el mundo laboral, de hecho, Dios nos manda a no desear el “éxito” del impío:

“No envidies al hombre injusto,

Ni escojas ninguno de sus caminos.

Porque Jehová abomina al perverso;

Mas su comunión íntima es con los justos.” Proverbios 3:31-32

Intensidad en el juego no es violencia.

Para que nadie malentienda, no defiendo un cristianismo tibio que juega a medias para no incomodar a nadie. Pablo usa la imagen del atleta que corre para ganar el premio (1 Co. 9:24-25). La excelencia, el esfuerzo y la competencia honesta pertenecen a la buena creación. Dios hizo cuerpos que corren, saltan y se esfuerzan, y se complace en el trabajo bien hecho.

La línea no pasa entre jugar fuerte y jugar suave. Pasa entre jugar bajo la ley y jugar contra el prójimo. La jugadora que se lanza por el balón con todo lo que tiene, y respeta las reglas y a su rival, cumple 1 Corintios 10:31 y Romanos 13:10. La que busca la lesión ajena como estrategia peca.

Y aquí conviene recordar que jugar con intensidad es una forma de honrar al rival. Tomarlo en serio como adversario es reconocerle dignidad. Solo se le regala la victoria a quien se desprecia.

Conclusión.

No existe territorio neutral. Lo que no se somete conscientemente a Cristo se somete inconscientemente a otro señor. El juego es una cosmovisión lista y dispuesta para ser enseñada. La pregunta no es si enseñará algo. La pregunta es quién será el maestro: nosotros, bajo la Palabra, o la cultura del “ganar a toda costa”.

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