¿Qué significa tener una cosmovisión bíblica?

Nuestros hijos no solamente necesitan aprender acerca del mundo; necesitan aprender a comprenderlo bajo la autoridad de Dios.

Una cosmovisión es la manera en que entendemos la realidad: quién es Dios, qué es el hombre, por qué existe el mundo, qué es el bien, cómo conocemos la verdad y para qué vivimos. No se trata de una opinión aislada ni de una asignatura más, sino del conjunto de convicciones que orienta nuestra manera de pensar, juzgar y actuar.

Nadie contempla el mundo desde una posición completamente neutral. Todos partimos de ciertas creencias acerca de la realidad, aunque no siempre seamos conscientes de ellas. Por eso, la pregunta no es si nuestros hijos tendrán una cosmovisión, sino qué cosmovisión gobernará su pensamiento y orientará sus vidas.

Desde una perspectiva cristiana, reconocemos que Dios es el Creador, el Sustentador y el Señor de todas las cosas. Por tanto, no existe una esfera de la vida que sea independiente de su autoridad. La familia, el trabajo, la ciencia, la historia, la economía, el arte, la política y el conocimiento están bajo el señorío de Jesucristo. Como declara la Escritura: «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmo 24:1).

Esto significa que no podemos separar nuestra fe de nuestra manera de comprender el mundo. No basta con enseñar a los niños a comportarse correctamente, memorizar pasajes bíblicos o conocer ciertas doctrinas. Necesitamos ayudarlos a discernir cómo la Palabra de Dios ilumina cada área de la existencia y cómo deben vivir delante de Él.

La Palabra de Dios es nuestra autoridad

Creemos que la Biblia es inspirada por Dios, infalible, inerrante, autoritativa y suficiente para aquello que Dios ha querido revelarnos y para equiparnos para toda buena obra. No es un libro que consultamos únicamente cuando enfrentamos problemas espirituales; es la autoridad que corrige nuestras presuposiciones, examina nuestros juicios y orienta nuestra comprensión de la realidad.

Por eso, no comenzamos preguntando qué piensa nuestra época, qué acepta la mayoría o qué parece conveniente según los criterios del hombre. Comenzamos preguntando qué ha dicho Dios.

Esto no significa que despreciemos la observación, la investigación, la razón o el estudio de la creación. Al contrario, puesto que el mundo pertenece a Dios, queremos estudiarlo con diligencia. Pero no tratamos la razón humana como una autoridad independiente de su Creador. Aprendemos a pensar reconociendo que Dios es la fuente de toda verdad y que nuestro entendimiento debe someterse a su Palabra.

La Escritura no solamente nos enseña qué creer acerca de Dios; también nos instruye sobre cómo vivir delante de Él. Su autoridad alcanza nuestras decisiones, nuestros afectos, nuestros hábitos y nuestras responsabilidades. La formación cristiana, por tanto, no consiste simplemente en transmitir información religiosa, sino en cultivar una vida entera de obediencia al Señor.

Dos maneras de interpretar el mundo

En el fondo, existe un conflicto entre interpretar la realidad a partir de la revelación de Dios y pretender que el hombre sea su propia autoridad última. La Escritura presenta esta oposición desde el principio: escuchar la palabra de Dios o juzgar su palabra desde una autoridad rival.

El humanismo secular, las religiones paganas y otras filosofías pueden diferir profundamente entre sí; sin embargo, cuando sus afirmaciones contradicen la verdad revelada, no pueden convertirse en la norma que gobierne el pensamiento cristiano. No debemos asumir que una idea es verdadera simplemente porque es popular, antigua, moderna o aceptada por personas influyentes.

Esto también nos obliga a examinar nuestras propias ideas. No todo lo que hemos heredado culturalmente es bíblico, ni toda costumbre de nuestra sociedad merece ser conservada. Los padres cristianos debemos estar dispuestos a corregir nuestra manera de pensar a la luz de la Escritura y enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

La meta no es que nuestros hijos aprendan a repetir respuestas cristianas, sino que aprendan a pensar y vivir como discípulos de Cristo en todo lo que hacen.

Génesis: los fundamentos de nuestra comprensión del mundo

Una cosmovisión bíblica comienza reconociendo que Dios es el Creador y que el mundo no es producto del azar ni una realidad autónoma. Los primeros capítulos de Génesis establecen fundamentos indispensables para comprender quiénes somos y cuál es nuestra responsabilidad en la creación.

Génesis 1–11 nos habla del origen del mundo, de la dignidad del hombre como imagen de Dios, del mandato de cultivar y gobernar la creación bajo su autoridad, de la entrada del pecado y de sus consecuencias, del juicio divino y de la preservación de la humanidad por la gracia de Dios.

Estos acontecimientos no son detalles secundarios de la fe cristiana. Nos proporcionan categorías fundamentales para comprender la historia humana, el trabajo, la familia, la responsabilidad moral, el pecado y la esperanza. Si perdemos de vista estos fundamentos, terminaremos interpretando la realidad a partir de categorías ajenas a la revelación de Dios.

¿Qué significa esto para la formación de nuestros hijos?

Significa que no podemos conformarnos con que nuestros hijos acumulen conocimientos, obtengan buenos resultados o desarrollen habilidades útiles. Todas esas cosas tienen su lugar, pero debemos preguntarnos también qué clase de personas están llegando a ser, qué aman, qué consideran verdadero y ante quién reconocen que son responsables.

Queremos que aprendan matemáticas reconociendo el orden y la fidelidad de Dios; que estudien historia comprendiendo la responsabilidad moral de los hombres y la providencia divina; que desarrollen habilidades para trabajar, crear y administrar los recursos con diligencia; que aprendan a distinguir entre la justicia y la injusticia; y que comprendan que sus talentos no existen solamente para su beneficio personal, sino para servir a Dios y al prójimo.

Esto comienza en casa. Los padres no delegamos nuestra responsabilidad de formar a nuestros hijos simplemente porque otras personas participen en su proceso formativo. Estamos llamados a enseñarles diligentemente la Palabra de Dios y a mostrarles, mediante nuestro ejemplo, cómo se vive bajo su autoridad (Deuteronomio 6:4–9).

En PVLC queremos acompañar a las familias en esta tarea. No pretendemos que la formación cristiana se limite a una actividad, una reunión o un momento devocional. Buscamos cultivar una comunidad en la que el conocimiento, el carácter, el trabajo y la convivencia se entiendan a la luz de la verdad de Dios.

Nuestro propósito no es formar personas que vivan aisladas del mundo, sino hombres y mujeres capaces de vivir en él con fidelidad, discernimiento, responsabilidad y valentía; personas que sepan que pertenecen a Cristo y que toda su vida debe rendirle cuentas.

Una cosmovisión bíblica no consiste en darle a Dios un lugar dentro de nuestra manera de ver el mundo. Consiste en reconocer que el mundo entero le pertenece y que, por tanto, debemos aprender a verlo, comprenderlo y vivir en él bajo su Palabra. Estamos llamados a pensar los pensamientos de Dios después de Él.

«Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús» (Colosenses 3:17).

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