¿Realmente importa cómo me visto?

Por Ricardo García.

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos al pararnos frente al espejo por la mañana: ¿Por qué me visto así? Pareciera una pregunta trivial, de esas que no merecen mayor reflexión. Pero si la educación tiene el propósito de transmitir una cultura a la siguiente generación, y la cultura es la expresión de la fe de una comunidad, entonces incluso lo que nos ponemos cada mañana para estudiar o trabajar es una declaración teológica.

Vivimos en una época donde la comodidad ha sido elevada a virtud. “Si me siento bien, funciono mejor” es el argumento moderno para justificar el presentarse a clase, a una reunión de trabajo, o incluso a la mesa con la familia. Y aunque la comodidad es algo que definitivamente el cuerpo agradece, hay un principio más profundo que estamos descuidando cuando hacemos de la comodidad personal el criterio principal de cómo vestimos.

La vestimenta y su impacto cultural.

Haciendo un breve recorrido por la historia, podríamos decir que era impensable que un estudiante o un trabajador se presentara a sus labores sin una vestimenta que lo identificara con su rol. Existía una distinción clara entre quien estaba en funciones y quien no, y esa distinción la marcaba la ropa. Esa distinción no era arbitraria, era cultural, y toda cultura tiene raíces religiosas.

La cultura occidental cristiana en sus inicios entendía que el trabajo era sagrado, que estudiar era una vocación, y que presentarse adecuadamente vestido era una forma de honrar ese llamado. No era una cuestión de vanidad, sino de reverencia. Cuando esa cosmovisión se fue desvaneciendo, la ropa dejó de ser una señal de oficio y vocación para convertirse en una simple expresión de preferencia personal. Hoy la moda posmoderna celebra la ambigüedad, que no se note si uno está trabajando, descansando, o simplemente existiendo.

Este cambio no surge de una postura neutral. Detrás de la cultura de la comodidad en cuanto a la vestimenta hay una filosofía: la de que el individuo es el centro, que su bienestar personal es la medida de todas las cosas. El uniforme, la ropa formal, la vestimenta apropiada para cada contexto siempre comunicaron algo que trasciende al individuo: pertenezco a algo más grande que yo.

La túnica de José: el peso de la tarea.

En el Antiguo Testamento, la vestimenta representaba un cargo u oficio. El caso de José, hijo de Jacob, especialmente nos da luz en este asunto. La túnica que su padre le regaló, según el relato de Génesis 37, era una túnica de muchos colores. Esta prenda, por sus características, representaba el cargo y la autoridad de José sobre sus hermanos. Las túnicas de colores eran características de personas con cierta posición de autoridad y responsabilidad.

Ahora bien, esa túnica no tenía el propósito de ser cómoda o simplemente “bonita”. Su función era expresar un cargo y una responsabilidad. Y según la historia, esa túnica no le trajo a José comodidad ni libertad, sino todo lo contrario: problemas, envidia, adversidad. Esa túnica representaba un principio importante, que José no se pertenecía a sí mismo, sino que pertenecía a Dios y al llamado que se le había dado (esto haciendo eco a la pregunta #1 del catecismo de Heidelberg).

La vestimenta de José no hablaba de sus gustos, ni de cuán a gusto se sentía en ella. Hablaba de su llamado. Hablaba de a quién pertenecía. Y esa es exactamente la dimensión que hemos perdido cuando elegimos vestir exclusivamente en función de nuestra comodidad.

El estudiante y el trabajador que no se pertenecen a sí mismos.

El segundo y tercer mandamiento de la Ley de Dios establecen un principio que va mucho más allá de las imágenes y el nombre de Dios, el principio detrás es que el hombre no es soberano ni autónomo. No podemos rendir culto a Dios a nuestro modo (segundo mandamiento), y lo que hacemos con nuestro cuerpo y nuestra vida está regulado por Su Ley (tercer mandamiento). Somos criaturas subordinadas, con el deber de vivir en conformidad con Dios.

Esto tiene aplicación directa en la manera en que un niño se viste para estudiar, o en la que un adulto se prepara para trabajar. Vestirse adecuadamente instruye (de manera práctica y cotidiana) que no vivimos para nosotros mismos. La meta última no es nuestra satisfacción ni nuestra comodidad. El mensaje de presentarse correctamente vestido es el de “tengo un rol que desempeñar, tengo un llamado que honrar, pertenezco a Cristo y sirvo a Su Reino”.

Por el contrario, el mensaje de trabajar o estudiar en ropa de descanso es: “tu comodidad es lo más importante”. Y yendo más al fondo, ese mensaje refleja valores o presuposiciones que, si no son examinados a la luz de la Escritura, forman lentamente un carácter centrado en el hombre.

El aspecto religioso de la vestimenta.

La vestimenta tiene un aspecto religioso que no debemos pasar por alto. De hecho, la vestimenta manifiesta lo que creemos. Los uniformes tienen el propósito de mostrar el oficio de alguien: no podríamos distinguir a un policía sin su uniforme, ni a un médico sin su bata, ni a un sacerdote sin sus vestiduras. La ropa habla antes de que abramos la boca.

En nuestra época, la vestimenta casual para el trabajo o el estudio también hace una declaración religiosa, aunque no lo parezca: declara que no hay nada especial en lo que estoy haciendo, que no existe diferencia entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio, que todo es igual. Esta no es una postura neutral… es una cosmovisión.

El cristiano, en cambio, está llamado a ver toda la vida con la conciencia de que se está delante de Dios en todo momento (Coram Deo). El trabajo es parte del motivo por el cual fuimos redimidos. No fuimos rescatados únicamente para obtener un boleto al cielo, sino para que el pago de Cristo por nuestros pecados restaurara nuestra imagen y pudiéramos trabajar para Dios y Su Reino. Así que presentarse vestido de manera apropiada para estudiar o trabajar es una pequeña liturgia cotidiana: un recordatorio de que lo que hacemos importa, que servimos a alguien más grande que nosotros mismos.

Conclusión: formar el carácter a través de los hábitos cotidianos.

Cada aspecto de la vida, por más mínimo e insignificante que nos parezca, tiene repercusiones en el carácter. Ayudar a poner la mesa enseña que el servicio es necesario y bueno. Hacer la cama antes de comenzar el día enseña que el orden precede a la actividad. Vestirse adecuadamente para estudiar o trabajar enseña que el rol que desempeñamos hoy tiene valor y dignidad.

Esto es especialmente relevante en la formación de niños. Los padres que instruyen a sus hijos a vestirse adecuadamente para sus labores (incluyendo el estudio en casa) les están enseñando algo que ningún libro de texto puede transmitir: que no te perteneces a ti mismo. Eres de Cristo. Tu tiempo, tu cuerpo, tus talentos y hasta tu forma de vestir deben estar sujetos a Su señorío.

El vestir cómodamente no es moralmente malo. Hay ropa hecha para el descanso, y el descanso también es un don de Dios. El problema surge cuando el criterio del descanso invade el tiempo del trabajo, cuando la comodidad reemplaza al compromiso, cuando el “me siento bien” se convierte en la única norma de cómo vivimos.

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